subiendo el lanin

Subiendo el Lanín: una aventura en primera persona, parte I

*(Compartimos y agradecemos la narración que Nicolás Cerda nos hizo sobre su ascenso al
Lanín).
Con un amigo lo planeamos con muy poca anticipación. A través de una conocida contactamos a Hernán, un guía que vivía por la zona y estaba autorizado para subir al Lanín.
Cuando hablamos con él nos enteramos de que esto no podía ser encarado como una decisión impulsiva, sino que en principio debíamos conseguir un equipamiento específico. Ropa, calzado. Hernán nos ayudó a conseguirlo.
Luego nos enteramos que necesitábamos “grampones” y linternas de cabeza. Eso nos desconcertó y aumentó la adrenalina: ¿adónde íbamos que necesitábamos esas cosas?
Un viernes a la tarde llegamos a Junín de los Andes, en donde nos encontramos con el guía que nos hizo probar la indumentaria que él mismo se encargó de conseguir.
Luego chequeó lo que habíamos llevado, porque si bien él se encargó de algunas cosas, unos días antes nos había mandado un listado de elementos que debíamos llevar, como por ejemplo la linterna de cabeza. No entendíamos para qué.
En Junín de los Andes comimos algo rico, trucha y ciervo a la cazadora, para tener energía. Tomamos unos ricos vinitos…
A las seis y media de la mañana Hernán nos pasó a buscar para llevarnos al puesto de guardaparques. Nos llevó cuarenta minutos llegar ahí.
En el puesto tenés que registrarte, ya que hay un cupo de personas y esto tiene que ver con la capacidad del alojamiento del primer refugio, parada obligatoria. El refugio consiste en dos containers, en los que descansás en la bolsa de dormir (está entre las cosas que debés llevar). Si no hay lugar, se pueden armar dos carpas más. Cada guía da a su grupo la carpa y la comida antes de subir. La carga se divide entre el guía y el grupo. En este caso, en tres mochilas.
Antes de dejar el puesto de guardaparques también nos revisaron las mochilas para asegurarse que llevábamos lo necesario. Hay un elemento indispensable que es el Camelback, una mochila más pequeña llena de agua que también se engancha en la espalda y tiene un tubo, para que no tengas que estar sacándote la mochila cada vez que necesitás hidratarte, lo cual sería muy incómodo cuando vas cargado y la energía empieza a disminuir.
Caminamos dos kilómetros hasta la base del volcán… Ves el volcán ya al lado y la energía se siente distinta. Estaba ansioso y con emociones en la panza.
La primera parte del ascenso se llama “espina de pescado”. Está formada por varias piedras que dan la sensación de tener esa forma. Uno camina por lo que sería la columna. Es un terreno costoso, está como suelto.

Ahí pude darme cuenta de la importancia del estado físico: como jugábamos al fútbol habitualmente estábamos en buen estado, pero es recomendable hacer un autochequeo, hay partes como la “espina de pescado” que son demandantes. El guía nos motivaba todo el tiempo.
A las nueve de la mañana empezó la subida a ritmo firme y constante. Hicimos paradas para hidratarnos, comer barras de cereal y caramelos. Comimos alguna que otra fruta, pero no mucha, porque todo lo que uno lleva es un peso que se va acentuando a medida que estamos más cansados y más arriba. Mi bolsa de dormir pesaba demasiado… quería tirar todo lo que tenía en la espalda… Una latita de paté parecía pesar 6 kilos.
Había muchos grupos, algunos más grandes. Las normas piden que haya un guía por cada cuatro personas, no más, para que pueda estar pendiente de las necesidades de todos.
La subida se puso más empinada y empezó la tensión… uno dice “Apa, es jodido esto, y sólo van dos horas de caminata”.
A las seis horas llegamos al primer refugio. Nos relajamos. El grado de excitación es grande así que hay que relajar. Tenés una vista hermosa y entonces te das cuenta de que estabas tan concentrado en el recorrido que transitabas (porque, al ponerse empinada la caída por pisar una roca suelta, puede ser dolorosa) que son pocos los momentos en los que podés disfrutar del paisaje. Cada vez que parábamos “cogoteábamos” como cóndores para espiar el paisaje. Cuanto más alto, mejor se pone.
Me lleve alpargatas, así que en el refugio me las puse y relajé. Hernán nos hizo elongar y se puso a cocinar. –nota del redactor: esta parte es recomendable leerla teniendo una rica comida enfrente–. Nos armó una picadita con quesos y fiambres. Cierro los ojos y aunque fue hace mucho tiempo no sólo lo puedo ver sino que lo puedo degustar. Los sabores en ese lugar aumentan. Tomamos una copa de vino increíble en medio de la nieve.
Con su pala Hernán sacó nieve de la parte más limpia (por el viento la nieve puede tener tierra o arena) y puso una cantidad en una olla en la que cocinó unos Capeletinis de jamón y queso sentados en una roca –Nota del redactor: lamento que no puedan escuchar a Nico diciendo esto porque lo dice con un énfasis que contagia esa emoción que sintió–.
Sacamos fotos y cuando empezó a bajar el sol y lo tuvimos de espaldas, vimos la sombra del Lanín reflejada en la cordillera. Zarpada, enorme, imponente. Se veían también cerros de Chile, como el Villa Rica, que sólo se ven cuando ya estás más arriba.
Charlamos con otros grupos. Se tiende a formar una gran familia unida por el mismo deseo que es llegar a la cumbre. Los guías evalúan entre sí si algunos pueden seguir, si creen que algunos no van a llegar porque les está costando demasiado.
El tema del grupo es muy importante: el grupo no se separa, cuando uno para, los demás también. Por eso, aunque suene duro, uno debe elegir con quien ir, porque puede que se sobre exija o pierda tiempo. Aparte, si alguien decide bajarse porque no puede o le pasa algo, todo el grupo debe bajar. Hermandad, comunidad, todos nos arengamos. Somos uno, tenemos que subir todos y bajar todos. Justamente en el refugio se puede separar el grupo, pero más adelante no. También se puede suspender el ascenso por cuestiones climáticas, si se larga, por ejemplo, un viento blanco, se emprende la bajada.
Venía una parte que conocíamos de antemano pero de la cual no habíamos sido del todo conscientes: acostarse a dormir a las siete de la tarde porque nos teníamos que despertar a la una y media de la mañana. Ese trayecto se hacía de noche (por eso las linternas en la cabeza).
No me di cuenta del cansancio que tenía, pero terminé de comer, tomé unas copas de vino y me dormía sentado en la roca. Entré al refugio y aunque era de día, automáticamente me dormí. A la una y media nos despertaron y largamos a la segunda tanda…


Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

wp-puzzle.com logo